¿Por qué algunas empresas, a pesar de contar con excelentes procesos y capacitaciones, siguen recibiendo quejas por la atención que brindan? Invierten tiempo o recursos en desarrollar procedimientos, capacitar a su personal y perfeccionar cada detalle del servicio. Sin embargo, existe un factor que puede derrumbar en minutos todo ese esfuerzo: el mal manejo de las emociones.
Un colaborador estresado, frustrado o emocionalmente agotado difícilmente podrá ofrecer una experiencia positiva al cliente, ocasionando que la calidad del servicio se deteriore,la satisfacción del cliente disminuya y la reputación de la empresa comenzará a verse afectada.
La calidad del servicio también depende de cómo gestionamos nuestras emociones. Debemos dedicar unos minutos a concentrarnos antes de iniciar la jornada y al finalizar reflexionar sobre cómo nos sentimos, para fortalecer el autocontrol. Reconocer las emociones permite responder con mayor claridad ante clientes difíciles y situaciones inesperadas.
Tres consejos prácticos:
✔️ Detecta tu detonante emocional. Reconocer qué palabras, actitudes o conductas te hacen perder la calma permite prepararte antes de que ocurra.
✔️ Evalúa tu nivel de tensión al terminar cada atención. Si notas que aumenta con cada cliente, es una señal para regularte antes de que afecte la calidad de tu servicio.
✔️ Separa el problema de la persona. La mayoría de los clientes expresa una necesidad, no un ataque personal; hacer esa distinción reduce las respuestas impulsivas.
Las emociones son alteraciones súbitas y rápidas que se experimentan desde nuestro estado de ánimo a causa de ideas, recuerdos o circunstancias. Las más comunes en atención a clientes pueden ser el temor, disgusto, ira o vergüenza, entre otras sensaciones fugaces que desprenden sentimientos, que pueden ser duraderos, hablando en términos de temporalidad o circunstancia.

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